Perro viejo


Leilany Lomelí


Lo veo en la avenida, parece estar en su propia dimensión sin tantos autos a su alrededor, sin embargo sigue latente aquí, cruza la calle con más habilidad de la que está escritora tiene.

Parece no importarle estar sucio, ni las señales de asco que las personas a su alrededor emiten, como si eso no valiera. Admiro esa parte de él. Se le acerca a una dama de cabello gris, esta hace una señal de asco para ignorar su presencia continúa hablando por el teléfono hasta que el perro se aleja.

La actitud hostil de la señora no lo desanima y esta vez se acerca a un niño, el niño en su inocencia extiende la mano hacia el viejo can, pero su madre lo detiene.
—Es callejero, puede morderte —dice la mujer. El niño se va asustado. Yo sigo viendo la escena.

El viejo perro se acerca a más personas en aquella concurrida ciudad, todos lo denigran, incluso llegue a ver a un grupo de jóvenes golpearlo. Viejo, sucio, callejero, sin dueño son las principales excusas que mis oídos logran captar.

Esta vez yo me acercó a él, estiró mi mano y el animal se encoge esperando el golpe, cosa que no ocurre, acaricio su pelaje; de cerca es notable que lleva tiempo sin comer, busco en mi bolsa y encuentro mi desayuno. Se lo doy.

Quisiera no reflejarme en él, porque al hacerlo quien lea esto nos juzgará a ambos. Sin embargo me era difícil no hacerlo.

Estaba olvidado, como si olvidaran un día en el tiempo, estaba solo, como un pobre anciano, desamparado sin dueño ni cabida en el mundo, estaba sucio con heridas causa de los años y la gente, pero en sus ojos aún se reflejaba la nobleza con la que nació.

Lo llevé a casa, y me acompaño por algunos años. Fuimos él y yo a través de la tempestad.
Pero un día, mi viejo amigo no despertó. Por eso escribo esto, para inmortalizar el alma que fue, el alma que dañaron.

Nunca sabré que fue de todos aquellos que hirieron al perro viejo, pero murió. Conoció más de lo que yo hubiera pensado, fue mi amigo y llegué muy tarde. Juntos sanamos nuestras heridas, hizo más por mi de lo que yo pude hacer por él.

Han pasado años y lo único que me consuela  es decir que sus últimos días estuvieron llenos de todo lo que en la vida buscó, todo lo que el mundo le negó: amor.

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