La vejez







Elena Reynoso.


Mi vida entera se redujo a la lástima que provoco. Mis problemas son banales: hace frío, tengo hambre, esta lloviendo. La vejez me convirtió en este títere al que controlan todos, no puedo hacer nada, dependo de los demás.

En estos momentos solo espero que el día pase sin sentir dolor aunque eso nunca suceda.
No soporto la soledad pero antes la buscaba empedernidamente, necesito compañía, me aterra gritar y que absolutamente nadie me escuche.

Todos mis momentos son de ocio, que daría por volver a ser joven y disponer del tiempo que ahora desperdicio.

Si recordara todas las insensateces que he cometido, no me alcanzaría el tiempo que me queda para arrepentirme. No me alcanzaría ni todo lo que he vivido para acabar con los remordimientos, por eso, prefiero dormir.

Mi enfermedad no es tan mala, la comparto con todos los demás, viven para mí y aligeran la carga de los años que llevo en mis hombros.

Padezco la tortura del tiempo. Ahora me observo en el espejo y no me reconozco.
Podría hacer algo, levantarme, caminar, leer; existen demasiadas ocupaciones que puedo hacer, aunque me crujan todos los huesos y me duela todo el cuerpo, podría hacerlas, pero no lo haré, ya hice tanto en mi vida que no haré nada más, me conformaré con mi pesada existencia.

Tantos años que he pasado siendo esclavo y obedeciendo los caprichos de mis jefes, ahora me toca mandar y encadenar a los que están a mi alrededor, es mi turno de ser el jefe, pero soy consciente de que es una simple ilusión Para reconfortar mi alma añeja.
Toda mi vida se redujo a la sombra de una luz que jamás llegó a ser inmensa.

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