Sefora Lilith.
Estaba
jugando en los prados de alrededor de la casa, el sol comenzaba a quebrarse por
las garras de la oscuridad, mi madre desesperada, con el susto en la boca,
comenzaba a buscarme mientras yo jugaba con toda la tranquilidad del universo
en el bosque, bailando apasionadamente con los truenos y las gotas que las
penumbras de la noche me brindaban. ¡Vi algo! Freno en seco para observar
detenidamente qué es, quien podría ser. Había algo allí, en las orillas del
estanque, enfrente de mí, era pequeña, se veía débil e indefensa, me acerque
lentamente para no asustarla, pero comenzaba a sentir seca mi boca, sentía como
si hubiera hecho muchísimo ejercicio, observe algo muy extraño; ¡unas escamas!
Me desmayé.
– Su
hija ha sufrido de una deshidratación, manténgase aquí unos minutos para que el
enfermero le pueda suministrar suero, en una hora, a lo mucho, la pequeña
Agatha estará lista para volver a casa.
Al
día siguiente mi madre no me quiso dejar salir al bosque.
– ¿Cómo
se te ocurre pensar en salir Agatha? ¿Qué habría pasado si no te hubiera
encontrado? Habrías muerto, así que hoy no saldrás.
Al
anochecer, sentí una necesidad de ir al bosque. La incertidumbre de saber qué
era ese ser con escamas me estaba matando. El problema es que no me sentía al
cien por ciento, todavía estaba muy débil. Eso, no me detuvo. Llegué de nuevo,
al estanque, me acerqué. Estaba envuelta en las refrescantes ventiscas, las
cuales no estaban acompañadas de nieve, sino de una fuerte y contundente brisa.
Una brisa que me hablaba, no podía parar de acercarme al estanque, estaba
hipnotizada. Al fin pude ver unos extraños peces, peces que tenían una cola
hermosa, deslumbrante, de todos los colores. Mi cara estaba a treinta
centímetros de distancia con el agua. Vi una cola traslucida, donde los huesos
de ese extraño pez se podían observar. Diez centímetros de distancia y pude ver
que no era un pez, la mitad de su cuerpo parecía una persona humana, hasta que,
cinco centímetros de distancia, un horroroso graznido acompañado de la abertura
de lo que parecían ser sus orejas, un asqueroso y baboso cuerpo aparentemente
humanoide, sus ojos como los de un gato, una mirada intimidante, asesina,
dientes puntiagudos, eran como pequeñas cuchillas. Treinta milímetros de
distancia, caí al agua.
– Buenas
noches señora Aegea, su hija se encuentra bien. Al parecer sólo ha caído al
agua y tenía bastante agua en los pulmones, pero gracias a usted hemos podido
ayudarla a tiempo. Debe de reposar al menos dos semanas, de lo contrario podría
contraer un terrible resfriado.
A la
mañana siguiente me desperté en mi habitación, en mi cama. Me sentía fría y húmeda.
Por lo que me envolví en mis sabanas. En la oscuridad de éstas, pude sentir en
mi cuerpo esas filosas cuchillas atravesar todo mi cuerpo, recordé cómo esas
bestias del tamaño de mi mano me comían lentamente, sentí como si me
despedazaran un millar de pirañas. Ya no quería volver.
Las
clases empezaban, por lo que me tenía que levantar temprano para tomar el
camión de las 5:30. Mi primer día, cuando mi madre aún seguía dormida no pude
evitar largarme de ahí, volver al estanque para observar esos pequeños seres
traslucidos, hipnóticos por su graznido. Abrí la puerta del patio trasero hasta
llegar al estanque, solo que esta vez ya no estaba. Me di la media vuelta y sentí
como una brisa cálida y fresca me tomaba por la cintura. Un baile comenzó. El
aire cantaba una canción, la cual me relajaba cada vez más, me ponía ligera
como la hoja seca de un árbol, al ser otoño. Respirar se hacía cada vez más
pesado, mi corazón se aceleró, por dentro estaba aterrada, la adrenalina estaba
a tope. ¡No puedo respirar! ¡Necesito ayuda! Empujé bruscamente el aire y al
fin pude respirar. Cuando hice mi primera inhalación noté a un ser que parecía
una mujer, pero tenía alas, un cuerpo flácido, verdoso y esquelético. La vi en
el suelo y… abrí los ojos, mi
habitación, mis cuadros, mis libros estaban en el suelo. Aún era de noche, un
terrible soplido del aire tumbo todas mis cosas, mi ventana estaba rota, lo
cual no me importó, ya que vi a ese mismo ser con alas, flácido, verdoso y
esquelético pasar por mi cuarto, encorvado. Intenté no hacer ruido para no
alarmarlo, pero con mi respiración me logró localizar. Estaba enfrente de mi
cama, de perfil, sus brazos colgaban casi hasta sus pies. El tiempo avanzaba
muy lento. Lentamente fue girando su rostro para verme, tenia unos ojos
profundos, oscuros, los cuales me jalaban hacia ella, como si de un agujero
negro se tratara. Respirar se volvía una tarea difícil, demasiado oxígeno, un
torbellino en mi cuarto, no podía gritar, ya no tenia voz. Sentí una terrible
desesperación, no poder gritar, lloraba de impotencia y de terror.
– Hija ¿estas bien?
– –Sí,
mamá.
Ese
monstruo me la arrebató.
– Al
parecer su hija durante la noche, forzó mucho sus cuerdas vocales. Debe descansarlas
durante una semana, no debe de hablar, con eso se sentirá mejor.
Con
mi ventana rota ya me sentía indefensa, cualquiera de las horrorosas bestias
que he visto podían entrar a mi habitación. A decir verdad, una ventana no las
podría detener. Fui al baño. Al regresar sentí que habitación era muy caliente,
me quemaba los pies con el simple hecho de caminar, tenia mucho calor, sudaba a
mares. Con una fuerte inhalación sentía que me quemaba los pulmones. En los
escombros de mi ventana vi un extraño anfibio, pequeño, parecía una rana, pero
tenía una larga cola con un color naranjoso, como si de lava se tratará. Lo
ignoré, ya que a unos cuantos metros de mi casa estaba el oscuro e inmenso
bosque, era normal encontrarse animales extraños. Ignorarlo, me costó muy caro.
No podía dormir, o si quiera descansar, abrir los ojos me pesaba, mover un dedo
me hacia sudar a cascadas. Con todas mis fuerzas me senté en la cama, en mi
cuarto había cinco de esos pequeños anfibios. Pasaban por la ventana rota. Esos
cinco se volvieron diez, quince, veinte, treinta, ya no pude contarlos. Mi
cuarto se volvió un volcán a punto de erupcionar. Uno de ellos se subió a la cama, otro lo
siguió, otros dos hicieron los mismo. Cuando uno de ellos se dignó a subirse a
mi pecho, esa asquerosa babosa me quemaba, intenté gritar, pero no pude, lo
cual lo hacía más doloroso. Me paralicé. Otro se subió a mi frente, el dolor
era tanto que solo podía retorcerme. Uno a estómago, otro a mi pelvis, otros
cuatro a mis piernas, dos finalmente en mis pies. El ultimo fue el peor; uno
entro a mi vagina. Amaneció.
Dejé
de dormir en las noches, así que todo el tiempo estaba cansada y débil. Me pare
enfrente del espejo. Ya no era la de antes, unas gigantescas ojeras, unos ojos
hondos como un pozo, mi boca dejó de ser humana, mis dientes afiliados como los
de un tiburón se veían de oreja a oreja. Me volví débil, esquelética, el color
de mi piel se volvió gris, sin vida, mis brazos colgaban hasta mis pies. Mi
cabello dejó de crecer, por lo que estaba totalmente lampiña, era como un
espantoso anfibio. Al tocarme te quemabas.
– Su
hija sufrió de una fiebre que nunca había visto en toda mi carrera médica. (Agatha
está terriblemente enferma, no creo que sobreviva, pensó el doctor). Por lo
que he podido notar, su cuerpo está luchando por sobrevivir, así que por un
tiempo su cuerpo no podrá normalizar su temperatura, usted deberá de ayudarla.
Mi
madre estaba conmigo casi todo el tiempo, me comenzaba a sentir segura, hasta
que una noche vi un enano parado enfrente de mi cama, no hacia nada, solamente
me observaba. Era oscuro, tenía plantas y tierra alrededor de su cuerpo. Unos
ojos rasgados, pero pequeños, negros. Todas las noches estaba enfrente de mi
cama, llego el décimo día de sus visitas. 12:00 am, estaba a dos metros de mi
cama, 2:00 am, medio metro de distancia, 4:00 am, ya estaba encima de mi pecho.
Mi madre se encontraba a un lado de mi cama, un pequeño sonido, un ligero roce
con su mano habría bastado para que despertara y me ayudara. Sin embargo,
seguía sin poder hablar y algo hizo este ser anormal que no podía moverme, de
hecho, solo podía mirarlo a él. Mi vista se desvaneció.
Todos
creyeron que un terrible y atípico resfriado la mató, todos creen que nadie
intervino. Solo tu y yo sabemos la verdad, Agatha no murió debido a un
resfriado.

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