Emmanuel Gutiérrez


El problema de muchos no es sentirse miserables, si no hacerlo solos. Por suerte yo no lo sufrí durante mucho tiempo. 
   Yo conocí a mi grupo cuando todos estábamos refugiados de las tropas enemigas. Estaban en una esquina del refugio, recuerdo que el resto de refugio tenía esos tonos grises y verdosos del cielo cada que bombardeaban una zona cercana, pero en esa esquina parecía haber más color que en cualquier otra; el pelo de Verónica se mantenía de un rojo oscuro intenso a pesar del polvo y los escombros, su casa había sido derrumbada momentos después de que iniciara el bombardeo, la estúpida gorra verde militar de Ben, a quien después le descubriríamos que su nombre completo era Benvolio, seguía bien encasquetada en su cabeza, y la sonrisa de Apolo me dio la cálida bienvenida. Estaba viendo a las personas más importantes de mis próximos años de vida reunidas en una esquina y no lo sabía.
­  ­—Nadie aquí se conoce, puedes sentarte— me ofreció Apolo.
   Para ese entonces yo los conocía como la pelirroja, el que sonríe y el de la gorra. Eran extraños. Me recosté junto a estos extraños, los veía al revés. En el aire flotaba polvo, partículas de escombro pero no importaba, incluso el ruido de las bombas, balas y avionetas parecía reducirse en esa esquina. Había un silencio agradable, de esos que aparecen después de subir una montaña y recostarse en la cima, donde el pasto no pica y el silencio no incomoda.
   —Ese ha sido una avioneta de nosotros— dijo el chico de la gorra.
   Todos lo miramos extrañados.
   —¿Cómo lo sabes?— inquirió el  sonriente. La pelirroja estaba atento también.
   —Venía del norte— declaró—. Los aviones enemigos siempre vienen del sur pues allá está la frontera. Y la base militar más cercana a nosotros está al norte. Ya nos estamos defendiendo.
   Una explosión distinta a las bombas nos sacó del letargo a todos los del refugio. Adultos y jóvenes miramos hacia el cielo, haciendo como si el techo de hormigón sobre nuestras cabezas fue invisible.
   —Ese fue un avión enemigo derribado. Saldremos en una hora— sentenció con total seguridad.
   Parecía que esa gorrita militar le susurraba todo lo que pasaba en el campo de batalla.
   —¿Qué tan seguro estás de eso?¿Cómo lo sabes? — preguntó Apolo con cierta expectación.
   Tenía la cara de un niño que presencia un truco de magia frente a sus ojos.
    —Mi padre es estratega militar, siempre me tiene a su lado en todas las reuniones—confesó.
   Segundos después los ojos se le empezaron a perlar. El brillo del fuego que rodeamos hacía brillar sus mejillas.
   —¿Creen que esté vivo?
   Esa pregunta fue tan inesperada como las bombas que nos llovían del techo. Para ese punto de la conversación la guerra era casi inaudible. Nuestras voces parecían escucharse claras y precisas. Ni los aparatos más avanzados ni las ondas de radio más veloces podían ganarle a la cercanía que existía entre nosotros.
   El chico, con aún más lágrimas en los ojos y una respiración más agitada nos miró directamente a los ojos. En aquel momento comprendí que a pesar de conocer el estado actual de la guerra, el número de bajas por batalla, los distintos modelos de avionetas y armas, el punto cardenal de donde vienen las tropas, seguía siendo un chico asustado ante la terrible posibilidad de perder a su padre en batalla.
   —Tu papá parece ser un hombre muy inteligente. Sabe bastante sobre como suceden las cosas. Lo más probable es que conozca los lugares más seguros para estar y ahí estará. Así como tú estás aquí. Seguramente elegiste este refugio por alguna razón— saltó a la conversación la chica pelirroja. Sus ojos estaban muy abiertos durante esta declaración.
   Los tres lo miramos. Él se tranquilizó un poco y dijo sollozando.
   —Este refugio tiene una capa extra de hormigón, mi papá siempre me entrenó para llegar aquí.
   La chica tomó al sonriente sobre el hombro, se acercaron al de gorrita militar y lo abrazaron, después me miró con sus ojos estáticos y con la mano me invitó a unirme al abrazo. Yo acepté. Sin darme cuenta estaba todos teníamos ojos perlados.
   Pasaron unos momentos cuando nos separamos. Era más que claro que todos teníamos mucho que perder en esta guerra que no nos interesaba, y estaba claro que nosotros no le interesábamos a ella. La noticia de que había iniciado llegó a nosotros cuatro meses después de que empezará. Desde la capital mandaron a un soldado a informarnos que se empezaría a revisar casa por casa en busca de soldados enemigos o espías, pues nuestro pueblo estaba tan cerca de la frontera que podía ser un punto estratégico para el enemigo. Muchos creyeron que se trataba de una broma, pues no creíamos posible que se nos avisará tan tardé. El soldado al ver nuestra ofuscada reacción regresó a la capital a declarar que estábamos limpios. Todo siguió como siempre un mes más hasta que monstruosos camiones llenos de materiales arribaron a nuestros parques, los destruyeron y en cambio pusieron unos refugios tremendamente feos. Y justo después empezaron los bombardeos. La misma tarde que todos conocí a mis amigos, Ben nos explicó, con la condición de mantener el secreto, que nosotros no estábamos en la lista de objetivos del enemigo hasta que observaron que unos camiones muy misteriosos entraron a construir. El enemigo creyó que serían puestos militares o de vigilancia.  Esto en una estrategia para desviar la atención del contrario y que se concentraran en nuestro indefenso pueblo, siendo que nuestras tropas tendrían oportunidad de avanzar y flanquearlos. Nuestra integridad había sido puesta en peligro por un mejor ataque militar.
   —Vidas inocentes por más vidas inocentes— concluyó Verónica con sus ojos de búho.
   —Mi padre se puso furioso cuando se enteró. La decisión había sido tomada a sus espaldas pues sabían que él vivía aquí. Se fue directo a la capital a reclamar. Salió esta mañana. Luego empezó el bombardeo…
   En ese momento todos llegamos a la conclusión de que la guerra carecía de sentido.
   Seguimos hablando los cuatro, hasta que Apolo se abstrajo de la conversación. Se acercó y le habló al oído a Ben (para ese momento conocíamos ya nuestros nombres). Después se levantaron y se fueron al centro del refugio.
   —Atención— gritó Apolo a todo pulmón. Temblaba un poco.
   Todos lo miraron extrañados. El silencio dio paso a que los bombardeos y avionetas retumbaran en los polvorientos muros de hormigón. Ben estaba junto a él, miraba a la gente que se le perlaban los ojos, aquellos que estaban con el rostro contraído, presas del terror, a las madres que entre sus brazos sostenían a todos sus hijos, a los viejos que tenía los ojos grises y huecos de esperanza. Apretaba con manos sudorosas su gorrita militar traída por su padre. Dio un paso al frente.
   —Mi padre es estratega en la guerra. Me enseñó que cuando los aviones vienen del norte— apuntó hacia el norte justo cuando un sonido de motor se acercaba por esa dirección— es porque vienen a defendernos. Así que no queda mucho para que podamos salir. Sé que puede ser difícil estar aquí, angustiados, temiendo por nuestras vidas, pero les aseguro que nada nos pasará, este es el refugio más seguro— dejó que la gente analizará la información que acababa de proporcionar—. Gracias por oírnos.
   La sala entera se iluminó un poco más. Todos avivaron la luz de sus lámparas, las movieron del lugar para que se pudiera ver mejor las conversaciones surgieron como los cantos de los pájaros en la mañana, llenos de paz. El estallar de las bombas quedó atrás lejos, además del muro de hormigón había algo latente que nos hacía sentir cómodos, nuestra esquina con silencio agradable expandió a cada rincón de la sala. El mutismo se extinguió para dar paso a unas cuantas risotadas, conversaciones, palabras de preocupación, sollozos, pasos juguetones de los niños que antes se escondían en el seno materno. El cómodo silencio murió para dar paso a una templada y tranquila conversación tribal. Así como la noche se desvanece para dar paso al amanecer.
   La guerra terminó.  Nunca nos importó mucho si ganamos o perdimos, el dictamen llegó meses después. La mayoría del pueblo ignoro al soldado, lo mandamos con un mensaje para la capital. Nos importa un bledo. Los chicos y yo fuimos igual de unidos. Comprendimos que si pudimos estar juntos en la guerra, cualquier cosa se podía superar.