Emmanuel Gutiérrez

Si existe una parálisis del sueño, debería existir una parálisis del enamorado, cosa que justo en estos momentos estoy sufriendo. No se me ha subido un muerto mientras duermo pero se ha colado una mariposa en mi estómago mientras la miro. Limerencia, así creo que se llama esto. Desde aquí la puedo ver y desde aquí sus encantos me invaden como la marea a la arena, de manera lenta pero insistente. En mi cabeza se ha soltado un gas que nubla mi juicio, podría estar a mitad de un desfile y yo ni cuenta me daría. ¨Jo, tenemos un problema, hay un chico enamorado por una de las calles donde se desfilará, así que debemos cambiar la ruta, ya sabemos lo difícil que es mover a esa gente¨.  Así que, aquí me encuentro, congelado como una estatua, si fuera guapo podría ser una obra de arte. Noto un leve intento de mover mis brazos, mis músculos se tensan, señal de que algo de fuerza está tratando de aplicarse, sin embargo, está este monstruo invisible llamado Nervios impidiéndomelo, nadie lo puede ver, pero yo lo siento, está alrededor mío cubriendo todo mi ser, de pies a cabeza, imposibilitando mis nulas oportunidades de acercarme a ella. Comienzo a pensar que el error no es mío si no de la naturaleza. ¿Por qué demonios nos sentimos nerviosos y paralizados cuando vemos a esa persona? Es toda una contradicción, si no hay acercamiento, no hay contacto, sin contacto, no hay hijos, si sumas todos esos factores te da como resultado la extinción del ser humano. El sol me estorba, no sé porque decidí pararme en medio de este patio, bueno, en realidad si lo sé pero no fui yo quien eligió, o sea sí pero fue como otro yo, el enamorado. Recuerdo que desde la banca donde me encontraba tan tranquilamente no podía verla, me levanté y di unos pasos para poder divisarla y la encontré, hasta ese momento, recuerdo que yo; el no enamorado, controlaba todo pero desde que su imagen fue procesada por mi cerebro, todo se perdió, al parecer mi sesera sigue siendo de poca capacidad porque terminó por calentarse y explotar, de paso dejándome aquí varado, como nave sin un capitán, no es secreto para nadie que una nave sin nadie que la dirija, no llegará a ningún lado, al igual que yo en estos momentos. Nunca pensé que uno pudiera ser prisionero de sí mismo, pero veo que es posible. La definición del Yo, ahora tiene dos vertientes, el Yo, así a secas, y el enamorado. El primero es capaz de hablar en público sin soltar una gota de sudor, hacer reír al anciano más serio hasta que le dé un infarto y muera, eso sí, con una sonrisa en la boca. Ése Yo sabría qué hacer en estos momentos. En cambio, el Yo enamorado sería incapaz de mover un solo dedo, incluyendo los que se encuentran cubiertos por un calcetín y un zapato, esos que nunca serán vistos moverse, a ese grado de inutilidad llega Yo enamorado, el cual por cierto me ha dejado aquí encerrado; no sabría decir específicamente donde, porque es aquí adentro, pero sé que estoy encerrado, quizás exista una Lecumberri mental y diminuta en la cabeza de todos, guardando recuerdos, sentimientos y preguntas que jamás deben salir, bajo ninguna circunstancia. Probablemente de ahí viene el Yo enamorado, de la celda más sucia y escondida, aunque para él eso importa poco, con tal de saber que la veremos a ella. Así que aquí estamos, insolados, desesperados, con ganas de salir corriendo y escondernos, huir como si fuera un perro rabioso el que nos persigue, o reaccionar como si una pelota de béisbol estuviera a punto de sacarnos un ojo, revivir esa emoción de tocar el timbre y salir corriendo tan rápido, o incluso más, como cuando queríamos abrir los regalos de navidad. Pero eso poco importa cuando sufres la parálisis del enamorado.