Emmanuel Gutiérrez
El sol estaba en pleno
fervor. Era la hora donde todos estarían en sus casas, bebiendo cervezas
enlatadas o disfrutando de la sombra, pero no era el caso. Por la avenida miles
de personas acaloradas y exhaustas caminaban. La mayoría llevaban ropa blanca,
por comodidad y simbolismo. La gente sudaba y lo mostraba, no eran ajenas para
nadie las frentes resplandecientes o las manchas en la espalda y axilas. Muchos
estaban cansados, se les veía en la cara y brazos, estirados hacia abajo, llevaban
mochilas que antes habían transportado fruta picada, frituras y sándwiches.
Estábamos hambrientos también.
Justo pasábamos por una bajada, desde una de
las subidas podía ver a lo lejos más mares de personas enfundadas de blanco,
además de algunos carteles y pancartas. A la distancia se oían los gritos
enfurecidos de centenares de personas que no estaban enfurecidas, si no,
tristes y decepcionados. Al frente de la multitud iban los que alguna vez que
fueron madres y padres, quienes perdieron el derecho de llamarse así al aceptar
que sus hijos jamás volverían. El lema ¨Vivos se los llevaron y vivos los
queremos¨ era sólo un reclamo. Era más que probable que ni vivos ni muertos
volvieran. Los que encabezaban la marcha eran siempre los que aparecían en
primera plana, mujeres chaparras y morenas, con un gesto de enfado y tristeza
permanente, hombres con una mirada perdida en sí mismos, tristes, con lágrimas
de furia y tristeza.
La gente en las calles circundaste algunas
personas nos miraban, refugiadas en la sombra de árboles que crecían en casa
abandonadas, madres que ponían una mano en el pecho de su hijo, apretando con
fuerza extraída del miedo a perderlo. Los transeúnte cargaban esa mirada de
tragedia. Entendían lo sucedido y lo temían. Cada cierto tiempo los gritos
volvían a sonar a lo largo de la avenida, se encendían como el fuego, las
gargantas de desgarraban con tal de darlo todo, un grito que aturdiera a las
personas de más arriba. Los aullidos superaban a los cláxones de los
automovilistas enojados por bloquear las calles. Carecía de importancia.
Finalmente llegamos al Palacio Nacional,
permanecía cerrado, con decenas de guardias escudados, con macanas listas para
probar la carne. No hubo necesidad. No sabíamos si el presidente estaba ahí o
no, pero nuestros gritos llegarían hasta donde estuviera.
Comenzamos a gritar, a exigir, a sacar el
odio y la tristeza acumulados por tantos años. No éramos solo los padres, había
taxistas, sindicatos enteros, estudiantes y maestros. Estábamos todos los
inconformes, los enfurecidos por las justicias y el silencio por parte del
gobierno. El grito unificado recorría todas las calles de alrededor. Sonaba en
casas, puestos, negocios, teatros y hoteles. Se colaba por las ventanas,
grietas o incluso muros. Fue a la mitad de esta barbarie auditiva que miré a
mis pies. Una niña de pocos años, quizás tres, jugaba con una manta rosada,
llevaba una diminuta sudadera blanca, contrastaba con su piel morena y pelo
negro, tenía unas colitas amarradas con ligas de colores, sonreía con inocencia
y alegría. Lanzaba su manta a una pancarta con un dibujo del contorno del país,
en él estaban la cara de los desaparecidos. Si hubiera sido alguien más grande
probablemente me habría enojado, las personas de alrededor también, pero
sabíamos que ella no lo hacía con maldad, ni buscaba destruir la pancarta, se
divertía entre tanta furia y tristeza, a pesar de los gritos y las injurias
ella reía y se divertía. Su manta tapaba la cara de los desaparecidos. Para ese
momento yo estaba llorando, entendí que era algo trágico que un niño jugara
sobre un mantel con gente desaparecida, me pareció un horror que mi hijo
naciera en un lugar así, y a la vez me motivó. Entendía que no era sólo por los
que ya no están sino también por lo que no saben que ha pasado, y los que pronto
estarán. Por dejarles jugar, no con pancartas y cruces de desaparecidos, si no
con pelotas y patines. Me limpié las lágrimas, hice un acopio de fuerzas y me
uní a la consigna. Desde más abajo escuché un grito enfurecido también. La
pequeña también gritaba, sin saber muy bien por qué, pero gritaba, sentía
nuestro dolor y tristeza, lo compartía.

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