Fibonacci
La sociedad se pudrió. La gente
se destruye. No ven afuera, pues solo afuera se ven a ellos. Buscan un bien
egoísta a la superación del prójimo y aplastarlo para no verlo más. El ser se
determina en extinguir a sus semejantes para demostrar su superioridad. Quieren
saciar su hambre por dar significado a su vida creando muerte como si fueran
ellos los verdaderos creadores de la vida. Blasfemos son pues creen tener
poder, mas ellos no se dan cuenta de que su nombre no es más que un sonido
efímero y su cuerpo una roca con sangre.
Comen aquellos hombres la carne
de sus hijos bastardos, pues no han de parir a un hijo creador. Se atormentan
por ser comidos por el engendro al que dan vida pues sabe de la voracidad de
sus acciones. Muerte no les espera pues ni vida tuvieron. Que se crucifique a
los falsos profetas y que los impuros se quemen. Que la plaga llegue a limpiar nuestra
mente y se deshaga de las sombras que atormentan el fin natural, esperando el
ocaso deseado por el inconcebible.
Los tiempos que se vienen son de
dolor. Nuestra sociedad se ha condenado a este sufrimiento y nosotros solo
caminamos sin saber lo que nos espera. Hambre, plaga y muerte nos miran a los
ojos pero los vemos con una sonrisa sarcástica. Pensamos que alucinamos y
nuestra locura se esconde detrás de la ilusión de pertenencia y de riqueza. Que
los ángeles vengan a detenernos y decapitar a los impuros y los marcados. Que
los que buscan la verdad aunque no la hayan visto sean elevados a los cielos y
que se les lleve a un mundo mejor. Que los templos, palacios y torres se
derrumben en ríos de sangre de los poco humanos, de los que su boca con lengua
de serpiente devoraban sus propias narices. Que con orejas chicas pero oídos
atentos buscaban oportunidad para beber tu sangre mientras hablas y digas lo
que ellos desean. Sangre escurrirá destellando la victoria de los atentos y los
verdaderos arquitectos. Los que con la escuadra y compás buscaron la
reconstrucción del templo que se habla en letras de luz y sonidos de armonía.
Que no se olvide lo que pasará
pues es la más grande enseñanza de los hombres que el cielo ha traído y que los
números guiaron. Beban los sobrevivientes la sangre de los caídos, pues es
sangre de sus padres. Coman los sobrevivientes carne de los caídos, pues fueron
los músculos que asesinaron a tus hermanos. Sonríe pisando la roja agua bendita
que ya se vendrá lo que es la gran asunción de las mujeres que fueron cuidadas
por los hombres. La nueva gran mujer vendrá y nos decorará los cielos con
colores no vistos pero siempre presentes. Que se escuchen las los ecos de las
trompetas de sufrimiento como recuerdo de lo que sucedió. Que los señalados por
los ángeles siempre recuerden el por qué se les salvó.
Después de la gran asunción de
las mujeres, los hombres se limpiaron. Las parejas iluminaban e irradiaban luz.
Así, los hombres se dejaron de ver y dejaron de pelear, pues no se veían pero
se sentían. Las mujeres platicaban y al no verse no se envidiaban. Se
comunicaban sin hablar, pues en silencio más que palabras se decían. No veían,
pues la luz parecía vacía por su omnipresencia. Por tanta luz no se veían egos.
Pues aunque hubiera, de hambre morirían por no haber aire del que
inflarse.
De esta luz fértil nacieron
niños. Pintores natos y seguidores de la luz. Creaban bellos ecosistemas que
luego se quemarían pero que por falta de impuros no se conquistaban. Los viejos
admiraban a los niños pintar y no los juzgaban, pues sus creaciones eran puras
aunque distintas. Sabios jóvenes salieron de la luz y los ancianos esperaban la
muerte solo para dar espacio a los niños, pues sabían que ya cumplieron y ahora
toca dar a los jóvenes.

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